Honrar la villa
Un proyecto literario recupera la voz de la marginación
Chicos y chicas de la Villa Cárcova escriben un libro de cuentos donde narran sus historias de la periferia.
En la villa no es fácil vivir, cuando hace frío y no hay abrigo, cuando el calor recuerda que no hay agua, descalzos por la calle y con lluvia que cala en los huesos. La villa duele.
Como hacer para que estos chicos y chicas muestren la villa como un lugar para vivir y no una expresión de dolor?
Ellos se conforman con contarlo, compartiéndolo. Poniéndole palabras a sus sentimientos y alegrías, tristeza, paciones y deseos.
Por qué no?
Pibes de doce, trece, catorce años poniendo en sus labios su propia voz. Ellas se llaman Claudia Szelubsky y Miriam Abálsamo, profesora de literatura y preceptora respectivamente. Sí, preceptora. Porque si es que hay que cambiar los paradigmas, revertir el aplastamiento de los prejuicios, la preceptora no hace trabajo de espía sino de colaboradora. En lugar de perseguir, acompañar. Así lo entendió Miriam y así lo hizo.
El proyecto
“Cuando le comenté la idea de que los chicos escribieran cuentos sobre el barrio, ella se enganchó enseguida”, dice Claudia. Para rematar Miriam agrega: “de entrada pensamos que esto iba a terminar en un libro. A lo mejor, un poco inconsciente de nuestra parte, pero salió”. Profesora y preceptora idearon un libro de escritores que aún no se habían enfrentado a ese desafío en su vida. Un libro por hacer comenzando por quienes lo iban a escribir.
En la ESB Nº 40 de José León Suárez (Partido de San Martín), el proyecto cayó como cualquier otro proyecto. Para los estudiantes de esa Escuela de la Cárcova, el proyecto fue una experiencia que los colocaría por primera vez en primera persona.
Ellas asumen un pensamiento que las describe de mente entera: “Creemos que muchas veces, cuando está en manos de algunos, de unos pocos, la palabra se transforma en muro, en frontera. Pero si logramos que los callados, los silenciosos, los marginados, se la apropien, entonces tiene el maravillosos poder de crear lazos”.
Así dan comienzo a una explicación por si acaso fuese necesaria.
La voz de los chicos y chicas comenta que a veces trabajaron en grupo, y otras de manera individual. Que si era en grupo había debates. “Charlábamos bastante hasta que decidíamos”, dice Gisela. “Nosotras nos dividimos en dos grupos. Nos tuvimos que dividir dos chicas en uno y dos en otro” comenta Soledad, ya que, “sino, no podíamos trabajar de las discusiones”. Y así fue saliendo. Entre idas y vueltas la experiencia de trabajar colectivamente fue lo que más gustó. “A veces la seño nos daba hacer de tarea, entonces nos juntábamos en la casa de alguna de nosotras para escribir”.
El libro se llama: “Carcoveando, cuentos de la villa”.
Fuente: www.puntoseguido.com