La importancia del trabajo comunitario- parte II
Contexto socio-económico Argentina 30 años atrás
Las políticas económicas implantadas en Argentina durante los últimos 20 años responden a las directrices económicas dictadas por los grandes organismos internacionales, principalmente el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, como fórmula de pago a las deudas contraídas con éstos. Dichas políticas llevaron al país a unos niveles de desocupación y pobreza inusitados.
Este proceso se inicia durante la última dictadura militar (1976-1981), la cual multiplicó por 16 la deuda externa, y se asienta durante los gobiernos de Carlos Menem (1989-1999), durante los cuales se produjo un giro radical en las políticas hacia el neoliberalismo. Bajo las condiciones del nuevo modelo, el Gobierno deja de intervenir en la economía, se limita a tener las cuentas equilibradas y a dejar que el sector privado haga el resto, lo cual llevó a la privatización de la mayoría las empresas públicas dejando al país sin capacidad de generar recursos económicos propios y dando una falsa sensación de bonanza económica.
Robert Castel, en 1995, dijo al respecto “… una de las paradojas del progreso es que las sociedades más desarrolladas son también las más frágiles. Ciertos países han sufrido el efecto de desregulaciones salvajes al precio de inmensos sufrimientos, pero aparentemente sin desmoronarse…”.
En el año 2000 se da una fuga masiva de capitales en manos de las empresas extranjeras que se habían beneficiado de las privatizaciones, sumiendo al país en la más profunda pobreza.
En este momento se da un incremento de las tasas de desempleo , las economías familiares caen en picado, aumentan los índices de mendicidad, la delincuencia y el hambre.
Esto provoca que la población se vea inmersa en un nuevo orden social, donde las viejas formas de supervivencia generan procesos de marginalidad y de exclusión y se muestran ineficaces, obligándola a generar nuevas alternativas de supervivencia, que entran en conflicto con las hasta ahora existentes.
La reducción de los mecanismos más elementales de protección social por parte del Estado de Bienestar sumada a una situación en la que los individuos no se contratan por un trabajo completo sino por actividades puntuales (que muchas ocasiones no las proporciona el mercado laboral sino los propios individuos), provocó un estado de anomia y, según R. Castel, desafiliación social en los ciudadanos.
Será esta situación de desafiliación social, el aumento del sentimiento de desesperanza frente a los índices de corrupción (tanto de las fuerzas de control social como políticas), y la crisis del modelo estado-nación, donde los órganos que deben procurar el bienestar de la población han fracasado, la que se convierta en el eje motor de iniciativas organizadas desde la población.
Los emprendimientos populares, transformadores de la realidad social, conforman un nuevo sujeto social que actúa dentro del sistema existente pero
manteniéndose totalmente al margen del mismo, es decir, no busca en ningún momento la implicación de actores políticos ni económicos, sino la participación conjunta y organizada de las personas para iniciar proyectos alternativos de sociedad.
Estas estrategias colectivas de supervivencia, implican una articulación social que producirá nuevas formas de producción de comunidades o colectividades. Desde la óptica de las formas de acción social, se trata de nuevas alternativas de supervivencia: toma de fábricas , el movimiento “piquetero” de desocupados, el cooperativismo, las empresas de reciclaje, las huertas comunitarias, las ollas populares, los comedores comunitarios, entre otras. Estos ejemplos ilustran que, para enfrentar el modelo es necesario abrir y ocupar espacios sociales desde distintas perspectivas e innovando en las formas de acción.
Es significativa la emergencia en este contexto de mujeres y jóvenes como sujetos sociales, que reemplazan al obrero fabril (varón, maduro, “jefe de familia”) y trasmiten nuevas formas de acción. Al parecer, la implosión de la vieja familia patriarcal (más de la mitad de los hogares pobres argentinos son dirigidos por mujeres solas y algo más de un tercio en los de clase media) liberó energías largamente comprimidas.
Estas iniciativas arrancan desde “abajo”, la ordenación se plantea desde lo local hacia global. El barrio comienza a convertirse en un componente fundamental de organización, ya sea a nivel simbólico (como espacio de reconocimiento mutuo, de socialización y en este caso de re-afiliación) como a nivel material, ya que es el espacio donde se generan las nuevas formas de supervivencia. Lo urbano aparece como espacio natural de acción y organización; se convierte en el lugar de interacción entre distintos actores y organizaciones de base.
Bettina Seoane – Javier Prieto
Trabajadores Sociales- Barcelona, Mayo 2008